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LA SONRISA DE LA VIRGEN PDF Imprimir E-Mail

  
  
  
  
  
 (Sta. Teresita del Niño Jesús, carmelita descalza)

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
  
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

¡Qué dulce es la sonrisa de una madre! Cuando el niño pequeño quiere dar sus primeros pasos, intenta ponerse de pie y mira a su madre; si ve que ésta lo mira se atreve a andar, aunque caiga a cada momento, porque sabe que la tiene allí a su lado. Sintiéndose “valiente”, se olvida de mirar el suelo y, alargándole sus brazos, comienza a andar. todo lo consigue si al mirarla, contempla la sonrisa de su mama que, a la vez le tiende los brazos para sujetarlo,  cuando caiga y vuelva a caer. Sin asustarlo y sólo con su sonrisa lo anima a caminar; se va alejando poco a poco, hasta que el niño rendido cae. Entonces, se acerca la madre y se lo come a besos. 

En nuestra vida ocurre algo semejante respecto a la Virgen María, nuestra Madre. En vano intentamos caminar por el arduo sendero de la vida, y caemos; volvemos a caer. Entonces, volvemos nuestra vista a la Madre de Dios. Nuestra mirada se cruza con al suya, y su sonrisa nos alienta para caminar. Ella se aleja, pero es para  mirar nuestros esfuerzos, porque sus brazos maternales no los separara de nosotros cuando la invocamos, son muchos los peligros que nos rodean. Ella nos dará luz en los momentos de oscuridad, fortaleza en la tribulación. En fin, Ella nos conducirá a Jesús, su Hijo amado. 

Muchos santos vieron sonreír a la Madre de Jesús, y su vida cambió. Ahora quiero recordar la sonrisa de la Virgen a Teresa del Niño Jesús, que a sus 24 años deja la tierra habiendo completado una larga carrera de santidad. Es modelo de fidelidad en las cosas más ordinarias que puede haber en la vida. Ella no hizo nada extraordinario. Es la Santa de la confianza y el abandono en las manos del Padre: en la enfermedad, oscuridad de la fe, e incomprensión por parte de quienes la rodean. 

Su infancia se desarrolló bajo la mirada de la Virgen, a la que amaba con ternura de hija. A sus diez años, cuando padeció una enfermedad que los médicos creen incurable, por parecerle grave y extraña, creyendo no tenía remedio. Estando rodeada de sus hermanas, no reconoce a María, la hermana mayor, y nos cuenta ella en su autobiografía: “Luego, volviéndose hacia la Santísima Virgen e invocándola con el fervor de una madre que pide la vida de su hijo, María obtuvo lo que deseaba. No hallando ayuda ninguna en la tierra, la pobre Teresita se había vuelto también hacia su Madre del cielo, suplicándole d todo corazón que tuviese, por fin, piedad de ella…De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa que nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba bondad y ternura inefables, pero lo que me llegó hasta el fondo del alma fue la encantadora sonrisa de la Santísima Virgen.En aquel momento todas mis penas se desvanecieron. Dos gruesas  lágrimas brotaron de mis ojos y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas, pero eran lágrimas de purísimo gozo… ¡Ah, pensé, la Santísima Virgen me ha sonreído, qué feliz soy! 

Sin esfuerzo alguno bajé los ojos y reconocí a María que me miraba amorosamente. Estaba emocionada, y parecía sospechar el favor que la Santísima Virgen acababa de concederme… ¡Ah, a ella, a sus conmovedoras oraciones debía yo la gracia de la SONRISA de la Reina del cielo! Al verme mirar fijamente a la Santísima Virgen, María pensó: “¡Teresa está curada!”. Sí, la florecilla iba a renacer a la vida. El rayo luminoso que la había recalentado no dejaría ya de seguir prodigándole sus favores. No obró de golpe, sino dulcemente, suavemente, fue levantando a su flor caída y la fortaleció de tal suerte, que cinco años más tarde la flor se abriría en la fértil montaña del Carmelo”. En la última poesía que dedicó a la Virgen, la recuerda con estas palabras, que termina con esta estrofa: 

“Yo escucharé pronto esa dulce armonía,
Iré muy pronto a verte en el hermoso cielo.
Tú, que viniste a sonreírme, madre,
en la suave mañana de mi vida,
ven a sonreírme otra vez ahora…
pues ha llegado ya de mi vida la tarde.
No temo el resplandor de su gloria suprema,
he sufrido contigo… y ahora quiero
cantar en tus rodillas, Virgen, por qué te amo…
¡Y repetir por siempre y para siempre
que yo soy hija tuya!”…  

Recordando esta gracia de su curación ante la Virgen de las Victorias de Paris, escribió también: “La Santísima Virgen me dio a entender claramente que había sido ella, en verdad, quien me había sonreído y curado. Comprendí que velaba por mí, que yo era su hija y que siendo así, no podía darle otro nombre que el de Mamá, pues me parecía más tierno que el de Madre”. Este considerar a María como Madre cercana, hace que a Teresita le desagraden los sermones en que sólo hablan de sus excelencias. Por eso dice: “Para que un sermón sobre la Santísima Virgen me guste y aproveche, es necesario que me haga ver su vida real, no su vida supuesta; y estoy segura que su vida real fue en extremo sencilla. La presentan inaccesible, habría que presentarla imitable, hacer resaltar sus virtudes… ¡Cuánto me hubiera gustado ser sacerdote, para predicar sobre la Santísima Virgen!”. 

La lectura de los Evangelios permite a la santa tener más intimidad con la Virgen, a la que se acerca con ternura y sencillez; toda su vida estuvo llena de amor a María y solía decir que nunca se ama bastante a la Madre de Jesús. No debemos olvidar aquello de quién más se conoce, más se ama. Por tanto, ahondar en el conocimiento de María nos ayudará para amarla cada día más. 

La “gran Santa de los tiempos modernos” en frase de Pío XI, tiene un mensaje para los hombres del nuevo milenio: El camino de Infancia Espiritual. ¿En qué consiste? Teresa tomó como modelo de su camino a la Virgen, como la expresa en otra poesía: 

“María, tú lo sabes, no obstante ser pequeña,
poseo y tengo en mí al todopoderoso.
Mas no me asusta mi gran debilidad,
pues todos los tesoros de la Madre
son también de la hija…
Y yo soy hija tuya, Madre mía querida,
¿Acaso no son mías tus virtudes
y tu amor también mío?”. 

En su locura de amor por al Virgen, llegó a esta conclusión: “Nosotros somos más felices que la Virgen María porque somos más ricos que Ella, La Santísima Virgen no tiene a otra Madre a quien amar, es menos dichosa que nosotros. Sin duda Ella  debe reírse de mi candidez, y, sin embargo, lo que digo es mucha verdad”. 

El mensaje evangélico que reflejan sus escritos tiene tal profundidad, que Su Santidad Juan Pablo II, no vio inconveniente en proclamar a Teresa del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia. 

Si queremos ver sonreír a María, la más hermosa de las mujeres, tenemos que aprender a mirarla con sencillez, humildad y confianza; pero sobre todo con AMOR.


Ana María del Niño Jesús de Praga, cd
Publicado en la Revista Miriam
Enero - Febrero 2005

 
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