Misterios dolorosos, cuenta 1
Habida cuenta de la soledad que poblaba su mente, Adrian se empeñó en seguir creyendo que el desenlace esperado iba a ser el definitivo. Por eso, y porque la fe lo empujaba más allá de lo imposible, siguió esperando la respuesta asido a una tabla en medio de un mar de cadáveres. Era demasiado joven para morir, y aunque preveía que su familia estuviera sepultada en las aguas del olvido, él seguía empeñándose en sobrevivir contra todo pronóstico, a pesar de que el panorama que observaba a su alrededor seguía siendo tristemente desolador. Acostumbrado a vivir desocupadamente, entrando y saliendo por el barrio sin más preocupación que echarse a vivir todas las mañanas, ahora se encontraba asido a una pequeña tabla, sin más horizonte que el cielo que se le abría como un abismo inescrutable. El silencio de la ciudad se había vuelto atronador y las primeras luces del día no conseguían amortiguar el sentimiento profundo de tristeza que albergaba su corazón. Sin embargo, de pronto se acordó de su madre. La duda sobre su paradero le hizo llorar. Y como si ella estuviera mirándolo a los ojos sintió vergüenza por todas las veces que decidió no hacerle caso. Lloraba a la vez que recordaba sus manos asidas a las suyas, y las cuentas del rosario rozando ambas sensibilidades. Y de pronto, comenzó a repetir las oraciones que su madre se empeñaba en enseñarle de pequeño, aquellas que nunca aprendió y que ahora repetía mecánicamente. Se dejó llevar por aquel impulso y que fueran las palabras de su madre las que llenaran el espacio de la espera. Sintió entonces que no estaba solo, aunque el silencio siguiera acompañándole. Sintió una presencia profunda, y en aquel momento supo que seguiría viviendo. Que aún le quedaba muchas cosas que aprender. Y fue entonces, cuando se rompió el silencio.
Y sucedió en Nueva Orleáns. P. Fernando Donaire OCD
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